domingo, 31 de enero de 2010

Estación de tren


Este año ha pasado pronto.
Desde esta mañana he sentido que la lluvia pesa cuando los días son tristes. He caminado por horas hasta llegar a la estación del tren sin un billete entre los bolsillos. Tenía hambre y ganas de morir, lo confieso. O peor aún, de enterrarme vivo. Es una suerte eso de desesperarse, se siente la vida aunque nada sople a favor. No nos bastarán las fuerzas, me decía Theodore y sus ojos desorientados se desvanecían en la habitación semioscura. Tímidamente hablábamos, contábamos nuestras historias, y las gargantas temblaban angustiosas y extenuadas. Vendrán por nosotros, le decía yo sin la esperanza de sobrevivir.
El sargento Padilla me lo advirtió. Lo prometo, dijo con un cigarrillo entre los labios, me encargaré de recibir tu rescate y entregarte muerto. Sus palabras eran firmes, como si la muerte me hubiera entregado el último episodio de mi vida por adelantado. Lo agradecí en cierta medida, porque un hombre que sabe cuál es el fin de su destino, intenta escapar intensamente de él. Más tarde el sargento Padilla enterró su cigarrillo en una de mis más profundas heridas de la pierna. Prendió otros e hizo lo mismo. Ya agonizante, me lanzaron a la celda, y las heridas cicatrizaron poco a poco.
En realidad perdí la cuenta de cuántos días permanecí encerrado, pero siempre llevé la cuenta de cuántos días me preguntaba si llegaría a existir el mañana. Era claro, quería vivir más que antes y únicamente podía hacerlo en los recuerdos. La memoria tiene esos fangos imprevisibles. Los oídos zumbaban, el aire quemaba, y nos sentíamos, junto a Theodore, profundamente desgraciados, mientras me contaba su historia entre ese aire oscuro y enemigo, entre ese castigo de la cruda existencia.
Hoy es otra cosa. Encorvado, continuo a pie, de forma solitaria y egoísta, beso el cansancio y me oprime la vergüenza en esta estación de tren. El suelo se enfría y sé que es necesario mirarnos la cara de vez en cuando. He encontrado nuevas cicatrices en mi rostro, me comprueban que he vivido en estos postreros días. Acá donde estoy, los trenes atraviesan el espacio como serpientes veloces. Serpientes de acero y poderosas. Apenas ha comenzado el invierno, y el frío, el hambre, la lluvia alrededor y la imagen repetitiva de Theodore comprimido al dormir, con los párpados apenas cerrados que le interrumpían violentamente el sueño, y se despertaba para buscar el nuevo sol y comentarlo con gran noticia: está más helado que ayer, está más sombrío, decía algunas veces; y otras, ésta vez lo percibo lejano, pero el aire huele a limpio y ajeno.
De esta manera dura, aunque fuéramos diferentes, cada día nos parecíamos más, la vida oprimida nos convertía en iguales. Incluso el sargento Padilla terminó por confundirse.
Ahora, no sé quién soy.


Pueden ver un video de SAPIENS, banda en que participo, 7-82 (en vivo) en el siguiente link
http://www.youtube.com/watch?v=h00YR6dzJKU

3 comentarios:

Hilda Guzmán dijo...

ahhh còmo me gusta este cuento! sigo pensando que es un bolo el que está hablando!

Vania Vargas dijo...

Qué buen texto vos!! La sensación de sobrevivientes que nos hace uno con el mundo. Tiene líneas subrayables.

Carlos Meza dijo...

Sí, es posible que sea un bolito, jeje... y gracias vanias, se te agradece... saludines a las dos chicas!!!